Marfa Lights

 
 
 
 
 
 
 

MARFA: Magic Light 

 

Perhaps because I grew up in a family of art collectors, and simply had the good fortune to study at the School of Art in Basel and later at RISD, or perhaps because of fate, which led me to live in the eighties between Basel and New York City, my relationship with the art world and precisely with the artists I met at that time, has helped me to understand many facets of contemporary art and allows me today to develop my work as an artist.

 

I remember in a job interview at Massimo Vignelli’s office in New York, when showing some photographs of my portfolio, which I had made with color filters, Michael Beirut (director of the studio), told me about an exhibition and a book they were working at the time for the conceptual artist Dan Flavin. The idea of using light in architectural spaces had fascinated Massimo Vignelli. With Flavin’s collaboration, they were investigating a series of design proposals based on color codes, to signalize some corporate environments.

 

Life takes many turns, and everything has a destiny, so when Barbara Davis told me that I should go to Marfa, I didn’t hesitate to organize a sudden trip and cross Texas back and forth, after the opening of my second exhibition at her gallery in Houston.

 

I had heard about Marfa, especially from some collectors and gallerists who exhibit the work of Donald Judd. Curiously enough, thirty years later, I was able to see and feel in person the installation that Dan Flavin created for the spaces of the Chinati Foundation. I thought then that probably he was creating them at the time when I could have worked with him, if I had decided to accept the work at Vignelli Associates.

 

 

Indeed, certain places can influence the development of an artist’s work, but in this case, I think the artist’s work has come to influence even more the development of this town. I think that Marfa today is due to Donald Judd, especially now, years after his death. Marfa becoming the destination of his legacy is the sum of several meanings for everyone who visits it. We could talk about a magical place, where the idea of an artist’s dream persists in the air around it; the life of its creator, which lasts through his work and that of several artists of his generation, and which allows visitors to experience that feeling of emotion and passion of art in a three-dimensional environment, in a time stagnant between the legends of the Far West and the epic drama of the film Giant. 

 

In my photographs, I capture that special light that emanates across the mountains of the Trans-Pecos region, close to the border of Mexico, from the desert of Chihuahua, by the Santa Elena Canyon and Big Bend National Park. As a witness to the surroundings I expand my vision beyond the iconic image of Judd, to the great outside world that surrounds the streets of Presidio County, a former mining town that had its heyday with silver mining in the late 19th century. From there I contemplate at the stroke of midnight, in the distance at the end of the horizon, the famous Marfa Lights.

 

Having spent half of 2020 confined, unable to leave my house, forced to remain in a closed environment, I have dreamed of being able to travel to the outdoor freedom and breathe once more the air of the desert. The memory of my journey through West Texas cures my despair of this routine, which otherwise could end up driving me crazy.

        

Miguel Soler-Roig

 

MARFA: Luz mágica

Miguel Soler-Roig viajó a Marfa – pueblo del suroeste de Texas­ – movido por la curiosidad y el afán de conocer un lugar muy especial, que se convirtió en un importante foco cultural en los 80 y, actualmente, destino de peregrinaje de artistas gracias a la labor de Donald Judd, figura clave del minimalismo en Estados Unidos. Llegar hasta allí no es una empresa fácil, por eso es necesario tener un verdadero y genuino interés. En el caso de Judd, fue la huida definitiva de la gran manzana: se instaló en Marfa en 1972, donde, con ayuda de la Dia Art Foundation de Nueva York, adquirió en 1979, un complejo militar abandonado para localizar sus grandes instalaciones permanentes y las de algunos amigos, como John Chamberlain o Dan Flavin. La ciudad vivió su época de esplendor con los militares; estaba llena de restaurantes, teatros y la población era de unos 5.000 habitantes, muy superior a la actual. Al abandonarla, se convirtió en una ciudad fantasma, hasta que llegó Judd y consiguió que floreciera de nuevo, dentro de sus posibilidades. Hay que pensar que, si no fuera porque queda lejos de todo, Marfa estaría llena de curadores, críticos y artistas conceptuales, pero perdería esa magia polvorienta de los pueblos solitarios que conforman la árida inmensidad de Texas.

 

Judd se retiró allí con diversos propósitos. Por un lado, encontrar un gran espacio que acogiese sus esculturas y su colección; por otro, un contexto que le proporcionase la posibilidad de aislarse y disfrutar del silencio, así como unas condiciones muy específicas de luz para poder construir su visión total del arte. En Marfa, por fin sus obras pudieron integrarse completa y activamente en el entorno, al contrario que en el aséptico cubo blanco donde carecían de sentido. 

 

A pesar de su situación geográfica y su tamaño, el lugar goza de muchos encantos y particularidades. Es el pueblo donde James Dean filmó su última película, la legendaria Gigante y, también, en el que ­– desde el siglo XIX –, dicen que se produce un extraño fenómeno meteorológico con tintes algo esotéricos: las Marfa Lights, misteriosas luces de colores que de vez en cuando aparecen y bailan en el horizonte, en un páramo a las orillas del pueblo. Puede que tan solo sean espejismos producidos por los cambios de temperatura y la noche sobre la llanura del espacio, sin embargo, contribuyen a nutrir una atmósfera quimérica y fascinante, en sintonía con el ambiente creativo promovido por los músicos, escritores y artistas plásticos que residen allí, aunque sea temporalmente. Esta claro que, el carácter cultural que caracteriza hoy la ciudad, se debe a la iniciativa de Donald Judd: pionero y profeta modernista que logró crear una comunidad a la que cientos de artistas, a nivel internacional, desean acercarse.

 

Su asistente en el estudio durante más de 10 años, Jamie Dearing, cuenta que todo comenzó alquilando una casita de adobe en un lado del pueblo, donde empezó a trasladar el arte. Después fue comprando hasta 11 edificaciones militares diferentes ­–hangares, barracas, depósitos de artillería, un gimnasio ­­– y los adaptó sutilmente para alojar obra suya y de un puñado de sus contemporáneos más cercanos: Dan Flavin, John Chamberlain, Robert Irwin, Roni Horn, Ilya Kabakov, Richard Long, David Rabinowitch, John Wesley, Claes Oldenburg, Coosje van Bruggen, Ingólfur Arnarsson y Carl Andre.

 

Fue precisamente Dearing el encargado de convertir los barracones en una residencia: «el primer hangar en las dos instalaciones actuales y en el dormitorio y, en frente, el segundo hangar fue destinado primero a almacenaje y luego construyó un edificio de almacenamiento y quedó espacio libre para la biblioteca, con un jardín interno y un jardín externo adyacentes».

 

En la actualidad, la actividad artística continua vigente a través de artistas y otros agentes, como galeristas que deciden instalarse allí, así como mediante residencias: el Consejo Contemporáneo de Chinati (CCC) es un grupo de embajadores internacionales que apoyan específicamente el programa para artistas en residencia en Chinati, acogiendo entre 6 y 8 artistas al año para que vivan en el museo y usen como estudio el edificio Locker Plant, en el centro de Marfa. Todos los artistas residentes coinciden en señalar la enorme influencia que el entorno tiene en su obra y sus vivencias. Sam Schonzeit habla de un paisaje en el que prevalece el gesto sobre el detalle y el silencio por encima del ruido; Julie Speed, afirma que la perspectiva ya no es una forma de hablar o algo figurado, sino que puedes percibirla directamente cuando sales a la inmensidad de la planicie del desierto. Como siempre ocurre en el arte, el camino es de ida y vuelta: en este caso, el paisaje también recibe el impacto de los artistas, no solo a través de sus trabajos, sino también por las relaciones que establecen entre ellos y la transmisión oral de sus experiencias. El paisaje se expande más allá de sus fronteras físicas, lo que retroalimenta las visitas al pueblo y su conocimiento. No olvidemos la capacidad de los artistas de gentrificar y transformar los espacios, dotándolos de una actividad social y cultural que antes no tenían. 

 

Miguel Soler-Roig ha experimentado vivencias similares en residencias artísticas como el caso de la Fundación NMAC (Montenmedio Arte Contemporáneo) en Cádiz, un espacio museístico al aire libre único en España donde, también, se establece un diálogo entre el arte contemporáneo y la naturaleza en perfecta armonía. De la misma manera, la Fundación acoge a artistas internacionales a realizar proyectos artísticos específicos que se muestran en sintonía con el paisaje mediante el estudio de la región a través de su historia, geografía y sociedad. De esta forma, se ha consolidado una colección única en el mundo de esculturas e instalaciones al aire libre, con creadores tan importantes como James Turrell. Soler-Roig estuvo allí, nutriéndose del contexto, junto con 10 fotógrafos con la intención de que el trabajo se materializara en una exposición.

 

En Marfa, vuelve a imbuirse en una poderosa atmósfera natural que, además, está cargada de historia y referentes. El ambiente influye en sus fotografías y la manera de tomarlas, también en su estado de ánimo, a nivel emocional. Las imágenes nos muestran el silencio, la frialdad y la desolación de la ciudad cuando esta privada de la actividad artística. La luz radiante del desierto golpea las calles vacías, los edificios austeros y los ángulos variados de las cajas metálicas completamente integradas en el paisaje. Toda sensación de límite espacial se pierde, como el horizonte texano. Una vez acabada la serie, su exposición se convertirá en una llamada de atención para los espectadores, en los que quizá se despierte, el interés por descubrir la peculiar y única ciudad de Marfa.

Nerea Ubieto